The Vixen and the Grapes

There was once a vixen who wanted to eat some grapes she saw hanging over the wall of a vineyard. She couldn’t get at the grapes by herself, so she got a fox to help her, but even so she couldn’t reach them.

Finally, unable to fulfil her desire, she bit the tail of the fox, who had not understood exactly what was going on (he had had some idea that the vixen, standing on his back, was already enjoying the grapes), and went away some distance, telling herself, as foxes usually do in such circumstances, that the grapes were probably bitter.

A baboon, who admired the vixen for a variety of reasons, was astonished at the occurrences, not understanding that the vixen had been trying to get at something. He asked the vixen why she had bitten the fox and received in reply a pseudoscientific theory about the sense of taste. Later he asked the fox what had happened, and got a hardly clearer explanation from him. But he thought a little and realized by comparing the two stories that the vixen had been looking for grapes and must now satisfy herself with hops. He suggested to the fox that the vixen could still get into the vineyard by crawling through a hole the baboon knew of. The fox reminded him that the vixen had now convinced herself that hops tasted better than grapes and that baboons too have tails to bite.

But the baboon did not like to think of the poor vixen having to eat hops if she could still get into the vineyard through the hole in the wall and then climb the vine. He asked the vixen if she would allow him to say something about the matter concerning herself and the fox. Yes, she said. So he told her where the hole was. She answered that grapes were too bitter for her and that hops were better.

After this the vixen went to an old wolf with whom she was in the habit of chatting about everything and nothing. This wolf had himself once tried to get at the grapes of that vine and, like the vixen, had had to satisfy himself with hops. Now he was too fat with hops to get into the vineyard. He advised the vixen that grapes were usually sour, and that the baboon must be punished for the insolence of telling her how to reach such bitterness. The vixen went and scratched the baboon in the face. Three days later, she bit him in the leg.

The baboon had to talk with the fox in another matter. The fox reminded him of the warning about the probable anger of the vixen. He advised some kind of revenge against the vixen, but was not very specific. The baboon told him that he was not interested in revenge but was still the vixen’s friend. He added that he still hoped the vixen would get the grapes some day. Eight days later the vixen and the fox met. The fox still had a painful tail. He was annoyed with the vixen because of his tail, and also for what the vixen had done to the baboon. But his hate for the vixen was greater than his sympathy for the baboon. So he told the vixen that the baboon was so annoyed with her that he planned to poison her.

The vixen was not so stupid as to believe that. But she went to the wolf once more and told him what the fox had said. Neither was the wolf so stupid as to believe the fox’s story, but he pretended to believe it, and he accused the baboon – in the absence of the vixen, to avoid any end of the misunderstanding – of having tried to poison the vixen. The baboon thought that the wolf was in good faith, and that there was a grave misunderstanding. But the wolf refused to do anything useful to resolve the crisis. So the baboon went himself to the vixen to try to explain things. He received a multitude of accusations of being an ugly baboon and of trying to force her to eat sour baboon grapes. She scratched him in the eye and the ear.

After this interview, on occasion, her mood determined by the diet of hops, the vixen growled at the baboon, who kept seeking reconciliation, bit his ears and his nose, and performed numerous similarly friendly acts, until the day she went to look for hops with another fox in another town.

© John A. Wills 1980

Había una vez una zorra que quería comerse unas uvas que veía colgadas sobre el muro de una viña. Como sola no alcanzaba las uvas, se juntó con un zorro para alcanzarlas, pero tampoco así las pudo alcanzar. Finalmente, incapaz de cumplir su deseo, mordió la cola del zorro, quien no había entendido precisamente lo que sucedía (el tenía alguna idea de que, parada sobre su espalda, ella ya se disfrutaba las uvas), y la zorra se fue e poca distancia diciéndose, que las uvas seguramente eran amargas, como suelen decirse los zorros en tal situación.

Un babuino, quién admiraba a la zorra por varias razones, se maravilló de las ocurrencias y, no entendiendo lo que la zorra quería, le preguntó porqué había mordido al zorro, y recibió une teoría seudocientífica sobre el sentido del gusto. Después preguntó al zorro que había pasado, y tampoco de él recibió una explicaci6n clara. Pero pensó un poquito y entendió por consideración de ambas historias que la zorra había buscado uvas y ya debía satisfacerse con lúpulos. Sugirió al zorro que la zorra todavía podía entrar en la viña por un hueco que el babuino conocía. El zorro le advirtió al babuino el hecho de que la zorra ye se había convencido que los lúpulos fuesen mejores que las uvas, y que también un babuino tiene una cola que le pueden morder.

Pero al babuino no le gustaba pensar que la pobrecita zorra debía comer solo lúpulos, si podía todavía encontrar las uvas entrando por el hueco del muro y después trepando la vid. Preguntó a la zorra si ella le permitiría decirle algo sobre el problema de ella y el zorro. Permitiólelo. Así le dijo donde estaba el hueco. Ella replicó que las uvas eran demasiado amargas para ella y que los lúpulos eran mejores.

Después de eso la zorra visitó a un viejo lobo con quien charlaba a veces sobre varios asuntos. Ese lobo había él mismo tratado de obtener las uvas de aquel árbol y, como la zorra, había tenido que satisfacerse con lúpulos. Además ya era demasiado gordo de lúpulos para entrar en la viña. Aconsejó a la zorra que las uvas suelen ser amargas, y que se necesitaba castigar al babuino por la insolencia de decir como lograr tal amargura. La zorra fue y rasguñó al babuino en el rostro. Tres días después, le mordió la pierna.

El babuino tenía que hablar con el zorro de otro asunto. El zorro le recordó de haberle advertido sobre la probabilidad de la ira de la zorra. Avisó alguna venganza no específica. El babuino aseveró ser todavía amigo de la zorra y no estar interesado en ninguna venganza. Añadió que todavía esperaba que la zorra lograra las uvas unos días. Ocho días después se encontraron el zorro y la zorra. El zorro sentía todavía dolor en la cola. Era iracundo contra la zorra por la cola, y también por lo que ella había hecho al pobrecito babuino. Pero su odio contra la zorra pesaba mas que su simpatía hacia el babuino. Así dijo a la zorra que el babuino estaba tan enojado contra ella que planeaba envenenarla.

La zorra no era tan tonta para creer eso. Pero fue otra vez con el lobo y le dijo lo que el zorro había dicho. Tampoco el lobo era tan tonto para creer la historia del zorro, pero simulaba creerlo y acusaba al babuino – en ausencia de la zorra, para evitar que el problema terminara – de haber probado envenenarle. El babuino pensó que el lobo actuaba de buena fe, y que existía gran malentendido. Pero el lobo rehusó hacer algo útil para resolver la crisis. Así que el mismo babuino fue a ver a la zorra para explicar que había un malentendido entre ellos. Recibió una multitud de acusaciones de ser babuino feo, y de haber probado forzarle a comer uvas amargas babuínicas. Le rasguñó en el ojo y en la oreja.

Después de esa entrevista, de vez en cuando, su índole determinado por la dieta de lúpulos, la zorra gruñía al babuino, quien siempre buscaba la reconciliación, le mordió las orejas y la nariz, y hizo otras cosas semejantes, hasta que un día la zorra se fue a buscar lúpulos con otro zorro en otro lugar.

© John A. Wills 2012.04.17